El hombre que vivía en el piso de abajo
Llevaba seis meses viviendo en ese edificio antes de darme cuenta de que el departamento de abajo estaba vacío desde que yo llegué.
Lo supe por la administradora, una señora de unos sesenta años que subió a entregarme un paquete equivocado. Le pregunté si los del 4B eran ruidosos, porque a veces escuchaba pasos justo debajo de mi cuarto.
Ella me miró raro.
—El 4B lleva desocupado desde marzo —me dijo—. El inquilino anterior se fue sin avisar. Dejó todas sus cosas.
Le dije que debía estar confundida, que yo escuchaba pasos casi todas las noches, siempre a la misma hora: las 2:17 AM. Ella no respondió. Solo recogió el paquete y se fue.
Esa noche decidí bajar.
La puerta del 4B tenía el cerrojo echado pero la cerradura estaba floja, de esas viejas que ceden con un poco de fuerza. No sé por qué lo hice. Supongo que necesitaba confirmar que no me estaba volviendo loco.
El departamento olía a encierro y a algo más que no supe identificar en ese momento.
Había muebles, ropa doblada sobre una silla, un vaso con agua en la mesa de noche. El agua no tenía polvo encima.
Encendí la linterna del celular y apunté hacia el techo de ese cuarto, que era el piso de mi habitación.
Había marcas. Docenas de marcas pequeñas, rayadas con lo que parecía ser una llave o un clavo. Al principio no entendí qué eran. Luego las empecé a contar.
Eran rayas agrupadas de cuatro en cuatro, con una diagonal cruzada. Como cuando alguien lleva la cuenta de los días que lleva encerrado.
Conté ciento ochenta y tres grupos.
Seis meses.
Salí del departamento. Subí las escaleras corriendo. Cerré mi puerta con llave y me senté en la cama sin poder dormir.
A las 2:17 AM escuché los pasos de nuevo. Pero esta vez eran distintos.
Esta vez venían de arriba.
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